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La Vida de Ligre Capítulo 7 Primera Versión

El Duelo (II)

 

Me es forzoso en la conclusión de mis crónicas comenzar recordando las palabras de un buen amigo mío. Afirmaba que uno de los mayores yerros de la sabiduría popular fue llamar lince a los que considera sagaces, porque a su juicio los linces son las alimañas más torpes que campean por la sierra, siendo ese comportamiento una de las causas de su extinción:
-No te lo creerás Samuel, pero si ven venir un camión se quedan clavados durante un minuto hasta que llega y les pilla… de hecho hasta en el carril-bici correrían serio peligro.

Efectivamente yo no creía nunca nada que saliese de su boca , pero le seguía la corriente porque no él pareció mostrar reservas al contarle mi búsqueda de la verdad sobre Pies Grandes o incluso mis estudios sobre el lago Ness. Precisamente en un congreso sobre el tema le había conocido. Aún recuerdo mi intervención la cual, modestia aparte, es ya un clásico de la materia.

Tres días hacía que no dormía en una búsqueda frenética que interrumpía sólo para reponer fuerzas en la feria. Andaba totalmente perdido por el laberinto cordobés, perdidos los pantalones azules de fango amarillo por culpa del albero; los ojos extraviados por culpa de los caldos denominados de origen y la conciencia desorientada por parecidas razones. Las callejuelas me parecían iguales, y en todas era posible que se encontrase el paquidermo tullido o el cuerpo inerte de su enemigo. Según me han dicho, al doblar en una esquinas caí desmayado y al hacerlo me golpeé con la columna que la remataba y que antaño evitaban el desgaste excesivo al paso de los carros. Aunque el golpe hizo que se temiese por mi vida, pocos segundos tardé en levantarme con una sonrisa ensangrentada, también perdida y exclamando:
-¡Ya sé donde está!- 

Lo que ocurrió mientras estuve inconsciente me ha costado varias sesiones de hipnosis reconstruirlo. Y a pesar del escepticismo casi hostil del psiquiatra que me atendió, que asegura que nunca consiguió ponerme en trance y que fingí todo el tiempo, doy palabra de que es verdad, y aquí reproduzco el sueño o visión que tuve y dio la respuesta al enigma:

“Me encontraba en pié y perfecto estado de forma y contenido. Desde la misma esquina donde en realidad yacía podía ver, a pocos pasos y dibujada por la negrura nocturna, la silueta de dos hombres con apariencia de estar conversando con la apacibilidad de vecinos del lugar. Fui a pedirles información, pero su extraño español hizo que callara para intentar entender algo de lo que hablaban, que era parecido a esto:
– Mal agüero vaticinan los astrólogos, que cayonos de las urnas como lluvia de cenizas un corregidor zurdo. Aunque más parece zurdo en las maneras que las obras, pues por su poca maña y menos industria al trabajar más semeja diestro forzado a cambiar de mano que auténtico invertido, y si no fuese por lo siniestro de los resultados no dudaría del embuste.
– Pues te aconsejo dar crédito completo a sus tendencias, que sapientísimos doctores dicen haber demostrado hartamente algo curioso que de ese modo las aseguran.
– Dime que es eso que tan propiamente desvanece mis desconfianzas.
– Eso es que los que se manejan con la parte del diablo en cuerpo la manejan a su vez con la contraria en la mollera, y así hablan de un hemisferio desde el otro sin haberlo pisado ni necesitado jamás. Y piensan con la derecha lo que han de rubricar con la izquiera. Y añaden los mismos médicos que en ese lado se fermentan ideas de más imaginación y fantasía, lo que favorece las ocurrencias artísticas y los donaires y agudezas.
– Maravillado me dejas además de convencido con poderosas verdades, que más imaginan y divierten estos que esotros envidiosos que pensando de izquierdas ya quisieran para ellos trocarse sin ser sentidos.
Los abordé con la despreocupada impertinencia del extranjero perdido, que en Córdoba son muy bien tratados:
-Perdonen amigos que interrumpa su conversación, pero querría saber si pueden ayudarme pues, aunque les parezca extraño, estoy buscando a dos famosas criaturas que por aquí andan escapadas. Una es un peligroso elefante, que aunque no tiene trompa puede atacar con su abundante marfil; el otro en un felino que es tigre con melenas de león. Son bastante llamativos y si se les hubiesen cruzado no habrían pasado sin ser sentidos por ustedes.
Al venir desde sus espaldas se giraron sobresaltados, y entonces pude ver que eran dos hombres que rozaban la cuarentena, vestidos de calle y con buena estampa. Uno de ellos, el primero al que había oído, me respondió:
– No te extrañes forastero, a pesar de la estrechez de las calles, de no haberlos siquiera intuido, que en Córdoba esas criaturas que describes pueden encontrar cobijo en cualquier esquina, pues en todas tienen públicos escondites, guaridas y muchos guardas, ya por esta tierra no hay quien no se sienta o sea acreedor por alguno de sus abundantes y pródigos favores.
El otro dijo:
– Tampoco te sorprenda nuestra respuesta, pues en nada debes hacerlo si te informas de las normas que imperan en esta ciudad, engendrada de cuatro culturas. A las tres conocidas judía, cristiana y mora se une la hindú, pues tenemos a dichas criaturas como a vacas sagradas a las que todo permitimos y nunca cortamos el paso y si, por poner un ejemplo entre miles, cuando el elefante arremete contra nuestras iglesias le esculpimos talla y grabamos placa de mármol o granito, o si el felino rugiendo y de propósito invade los campos de ganado y cereal, el campesino da gracias al cielo por considerarlo gran suerte y riqueza abandonando la parcela a la suya.
No conseguí entender sus explicaciones, y dando por inútiles los testimonios, por saciar la curiosidad les pregunté que de qué hablaban antes de ser interrumpidos por mí.
– Veníamos hablando de aquel nuevo astro que se ve allá en el Guadalquivir, sobre cuyo cuerpo brilla por propia voluntad la última de las promesas de nuestros regidores hecha carne, que de tal modo ha sido parida que estimo en más beneficiosas sus mentiras que aquellos juramentos que se empeñan en cumplir empeñando de camino a los demás con sus esfuerzos.
Un conocimiento mayor de los países y costumbre me da cierta perspectiva sobre el provincianismo que acusaba en esos dos caballeros, y por abrir sus mentes a una visión más cosmopolita les repliqué:
– ¿Cómo pueden hablar de esta manera de sus representantes?¿En una democracia puede usarse ese tono de agrio desprecio por los demás y sus iniciativas? Lamento que no hayan ustedes aprendido en la tolerancia de la cual esta cuidad es espejo. No parecen ustedes saber la fortuna de vivir en la época que les ha tocado para ello.
– Fíjese el extranjero que sabio nos ha sabido con preguntas y aseveraciones de tanto fondo. He creído estar de nuevo en el puente por toda la luz que de sus razones emana. Pues mire que sí sabemos nuestro año y lugar en él, y siendo este lugar patrimonio de la Humanidad, propiamente con nuestros tiempos deben de ser perseguidos estos hechos como crímenes contra Ella, y si no colgando o degollando al que la agrede como se hacía en el bárbaro antaño, al menos cortando la mano del que hurta su belleza tendremos satisfacción y fianza para el futuro. Ese puente de Miraflores es maldición de la ciudad y más yugo que camino. Y además la gruesa y presuntuosa baranda junto al pilar que despunta en exceso ocultan la visión del hermoso lecho…
Una luz se me iluminó a mí al escuchar la respuesta…
¡Están en el puente, claro! y yo tan ciego hasta entonces. ¡Ya sé donde están!

En las sesiones de hipnosis siempre despertaba en ese momento, al igual que hice aquel día en la calle.

El Guadalquivir, río tramposo y cobarde que oculta el peligro mortal de sus pozas y arenas movedizas en un rostro de aguas claras y corrientes serenas iba manchado de sangre desde hacía ya tres noches. Tres noches llevaba bajando a chorros desde el novísimo puente de Miraflores, donde las dos atracciones del Circo Mundial dirimían sus diferencias a fuerza de dentelladas y zarpazos. Al no ser visitado por nadie en semanas, no hubo testigos que denunciasen lo que sobre las iluminadas aceras había ocurrido. Cuando llegué pude ver el destrozo que su furia había desatado, machacando las barandas y el asfalto y destrozando casi todas las bombillas y neones. Por eso me costó distinguir la silueta del elefante en medio del paso, donde había acorralado a ligre en el pilar que sostiene la construcción, una ancha columna que sobresale a los lados como un espigón, en cuya punta permanecía el felino en espera del golpe de gracia. “ligre está perdido” pensé, y corrí hacia ellos
-¡Noo!- grité desesperado sin saber para qué serviría. El elefante, que en ese momento embestía como un toro con sus colmillos se distrajo lo suficiente para que ligre se apartara y con estruendo el gigante africano cayó al lecho traidor que lo engulló en su hambrientas ensenadas sin esfuerzo aparente, mientras el elefante expiraba en un bramido que el fango extinguió entre burbujas.
Ligre quedó allí, tendido junto al borde, destrozado por el combate.
-Te pondrás bien, amigo- le dije desde una prudente distancia, pero el pareció entender otra cosa, porque acto seguido se levantó entre estertores de sangre, lanzó un último rugido y se arrojó al lecho último donde desapareció en una nebulosa de sedimentos del Betis. A mis pies había una pezuña, y agachado para recogerla, noté como el puente temblaba… corrí cuanto pude y tras mis pisadas el suelo se iba desplomando hasta la misma orilla, donde a duras penas llegué con la pezuña entre las mías. Allí quedé paralizado de obra y pensamiento un buen rato contemplando la reliquia,  mientras a mi espalda el polvo se escapaba de los escombros como si al monstruo de granito le huyese el alma de su cuerpo demolido.

Fue mi amigo el biólogo el que sugirió la idea al estudiar el resto de ligre que conservé. Una noches sin luna penetramos en el laboratorio del CSIC donde se custodian muestras de las principales especies de nuestras tierras. El objetivo era claro: mezclemos los adeenes del lince y ligre “porque si no vamos a tener que repoblar España cada cinco meses”. Todo se hizo sin incidentes y además me agencié de un par de bolígrafos y una cría de flamenco que nadie la echaría de menos.

Pocos meses después todo comenzó de nuevo: la noticia de los domingueros devorados por un lince ibérico eran un buen síntoma del éxito(“El animal ni siquiera probó el arroz” decía el titular). Los Linzgres están ya en circulación. Tal vez el siglo pasado la muerte sólo dejaba recuerdos, pero ligre nunca morirá del todo. ¡Y a mí me llamaron loco!

Vale

– Escrito por Monty –
Marzo de 2004