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La Vida de Ligre Capítulo 6

El Escándalo Bigfoot (BigFoot Gate)

 

Antes de narrar los dramáticos sucesos que cierran la «Vida de ligre», quiero recalcar la relevancia que este animal tuvo para el humilde testigo de alguna de sus hazañas. Permítanme contarles algo de mí:

La escasa fuerza física (o confianza en buscar soluciones dialogadas) que de mi ser heptagenario se deduce, no es culpa exclusiva de un arruinante envejecimiento, ya siendo joven era un flojeras y todos se aprovechaban de ello. Era el hazmerreír de mis compañeros; la faceta jovial que ahora me granjea tantas amistades y facilita valiosos contactos entonces se interpretaba, llana y claramente, como muestras de un patetismo emergente. Influenciada por el cine y el psicólogo del colegio, mi familia, humildes granjeros, no dudó en apuntarme al club de ajedrez de Tahlequah, provincia de Oklahoma, donde nací y crecí. En ese entorno intelectual a la vez que competitivo podría mostrar la fortaleza cerebral que me presuponían y recobraría la confianza. Tanta tenían mis padres en que un chico tan callado y debilucho sería un hacha en las batallas del tablero, que antes de explicarme las reglas ya me habían apuntado como voluntario en una partida múltiple contra el más grande maestro soviético, que en el plena guerra fría hacía una gira de exhibiciones por Missouri, Arkansas y por supuesto Oklahoma, para lograr asilo político. Cuando el eminente jugador ruso movió el peón, quedé callado y concentrado en los detalles del tablero. Durante unos segundos parecí dudar al no saber qué pieza coger, las manos temblaron oscilantes sobre la doble fila de soldados miniaturizados, dudé unas milésimas más, y finalmente cogí rápidamente al rey de negras y un alfil de blancas y se los pinché en los ojos (la cruz y la bolita de la punta le haría más daño). Sólo mis progenitores (que tampoco conocían muy bien las normas) jalearon la hazaña. Entonces aprendí mis primeras palabras en ruso, lengua que acabaría dominando sólo por saber qué exclamó mientras se tapaba el rostro con las manos (“Menudo gambito, cabronazo”); «Sólo tiene cinco años» decía mi madre con incontenible orgullo. Aprendí poco más de tan peliagudo deporte porque fui expulsado del club, aunque no lo hice de vacío : la Unión Soviética me concedió la medalla Lenin de actividades revolucionarias. Lástima que no me dejaran ir a Stalingrado a recogerla, porque como niño que era me hacía mucha ilusión.

Ésa y otras acciones fueron poniendo a casi todo el pueblo en mi contra, hasta el punto de tener que pasear por las calles con un casco de bomberos que todavía conservo aunque ya esté destrozado por las pedradas. Acabé casi recluido en mi granja, donde un maestro me enseñó nociones básicas de casi todo lo nocionable. Él me abrió la mente a la grandeza del universo y yo un día abrí la suya con una llave inglesa, por lo que las clases terminaron súbitamente. Las horas que estaba ocioso las invertía en mis primeros seguimientos del Bigfoot por los espesos bosques de coníferas que recorren las tierras del condado de Alfalfa hasta llegar a Kansas. Sin duda alguna la inutilidad en cualquier asunto práctico o lucrativo junto a mi costumbre de dar vueltas por el campo sin pensar en nada provechoso fue lo que hizo que todos se convencieran de que lo mío era la naturaleza.
– Papá, quiero ser granjero, como tú – recuerdo que le confesé una mañana.
– No seas más tonto todavía niño- replicó – este trabajo es duro y complicado, tu granja no aguantaría ni un barbecho. Moriría más tranquilo si tu prima hubiese sido un hombre…
Y de ahí que me decidiese a estudiar Biología.

Hasta ahora no he querido contar los hechos que cambiaron el rumbo de mi vida. Aunque muchos lo habrán leído u oído, conviene repetir aquí los sucesos que me despertaron del sueño del Pies Grandes para encaminarme hacia la luminosa ruta que ligre ha marcado…
Al terminar el doctorado en Biología, mi prima, recién elegida alcaldesa, me consiguió un puesto de monitor de tiempo libre para conducir a los turistas por las escondidas sendas del bosque que sólo yo y un ingeniero forestal de origen Cherokee conocíamos bien. Las dos únicas condiciones eran que me dejase barba y que inventase un término para nombrar a la hembra Bigfoot con vistas a incorporarlo en el vocabulario municipal. Y así transcurrieron diez años en los cuales reuní unas treinta mil pisadas de Pies y Piesas Grandes en escayola. Mi prima, reelegida por el Pueblo, se satisfacía por los avances científicos los cuales daban fama al condado y relumbre a sus gestores, estimulando el comercio en un dinámica que enriquecía y modernizaba mi levítica cuna. De hecho recientemente el periódico de la ciudad (Tahlequah Daily Press) se ha hecho eco de mis hallazgos en un artículo del que recuerdo de memoria el primer párrafo:

«En primer lugar, dejar claro que éste no es el Weekly Daily News, no vamos a decirles que Osama Bin Laden y Elvis están sanos y viviendo en los bosques de Pumpkin Hollow a pocas millas de Tahlequah. Sin embargo Bigfoot… puede que sí.»

Mi prima consiguió subvenciones para un centro de investigación con sala de exposiciones, organizó congresos a los que asistía lo más florido del BFRO (Bigfoot Field Researchers Organization) e incluso se incorporó una asignatura de Historia y Arqueología Sasquatch ( palabra más tarde sustituida por «Étnica») en los temarios de los libros de texto del colegio como alternativa a la Religión.

Todo era plácido y tranquilo hasta que un antiguo compañero de carrera, experto en exterminio de termitas, sugirió en uno de los simposios efectuar un análisis del ADN bigfootiense para situarlo definitivamente en la gama de mamíferos antropoides:
– De los propios yesos se podrían obtener muestras válidas para censar de manera casi perfecta a la población de la zona.- me comentó.
Tan gran idea me pareció que se la transmití enseguida a mi pariente y benefactora.
– ¡A quién se le ocurrió limitar el consumo de cerveza en los seminarios!- Gritó mi edilizada prima como respuesta. -Nada de eso va a hacerse, costaría mucho dinero y no nos dirá más de lo que ya sabemos.

Eran ciertas sus acusaciones porque lo era que en ese encuentro científico, por propia cuenta, decidí evitar los tristes incidentes que se daban todos los años cuando algunos miembros del BFRO cometían excesos tras incontables rondas de cerveza y güisqui en las «salas de conferencias» (peroles en el bosque). Los naturalistas y biólogos más desquiciados llegaban incluso a disparar sus rifles contra todo tipo de bichos argumentando que «ése no está amenasao de estinsión… que lo tengo en mi soológico y hay un güevo dellos». Por lo que pude saber mi prima valoraba esas actitudes como investigación a pie de campo (Field Studies) y jornadas de entendimiento, y yo las estropeaba con mi «actitud de beatillo». Se negó por tanto a ayudarme y me retiró además de la comisión de fiestas y festejos, órgano encargado de la gestión científico-social de los bigfoots y bigfooties.

Sin embargo me habían subestimado… una fría noche desaparecí del pueblo con muestras de yeso que serían suficientes para encalar la Casa Blanca, y volví a los laboratorios de la Universidad donde encontré el apoyo de muchos colegas. Los resultados fueron desconcertantes: los bigfoots no sólo eran parientes del hombre… ¡eran parientes míos! La sorpresa fue mayúscula al comparar las muestras del bosque con mi propio código genético…  El exterminador de termitas me lo comunicó en tono sereno, sin duda no quería traumatizarme:
-Samuel, me caes bien y es duro que lo sepas, pero supondrás lo que quiere decir esto…
– ¡Claro!- Respondí en un susurro menguante – mi padre o mi abuelo se aparearon años atrás con una bigfooty y ése que analizamos puede ser…. ¡mi hermanastro!
– ¡No, pedazo de ceporro! Las huellas las dejó tu prima o tu tío; es un montaje, se colocaban plantillas de pie gigantes y daban paseos por la zona. De hecho las muestras las extrajimos de goma gastada que traía incrustada el yeso!

Esa aclaración me creó mayor impacto que la interpretación inicial de descubrirme hermanado a un sasquatch (con los líos legales que eso conllevaría). Tardé bastante en pisar otra vez las calles tahlequahneses; pensaba regresar cuando mi prima dejara la alcaldía, pero comprobando elección tras elección su perenne popularidad, y que antes moriría de viejo, opté por retornar pasados treinta años, periodo que coincidía además con la prescripción de ciertos impagos que contraje con el banco local. También decidí no desenmascarar a los timadores por la situación delicada en que quedarían mis vecinos, hombres de buena fe y exigentes barrigas. ¡Que quedasen ellos viviendo de mentiras! Por mi parte ya conocía a ligre, de modo que eché al fuego toda ilusión pasada y entre lágrimas consagré mi vida a su estudio y protección… porque él sí era real.

 

Continuará…

– Escrito por Monty –
Marzo de 2004