Ligre.com presenta…

La Vida de Ligre Capítulo 5

El Duelo (I)

 

Contemplé el tenue brillo del cielo con que las luces de la feria cordobesa saludan a la luna durante una semana y pico al año. Mal año ése que invité a Malthius Bluff a las fiestas, donde tenía intención de hacerle olvidar sus fracasos en Japón. Cuando esa tarde de Viernes iba a salir en traje de chaqueta a la caseta de la peña «Fosforito», el teléfono sonó inesperadamente. Me costó mucho porque sabía que nada bueno sería, pero lo cogí rezando para que el auricular no arruinase el día.
– Samuel Johnson al habla, ¿qué desea?
– Señor Johnson, le llamamos del hospital, ¿conoce usted a un tal Malthius Bluff?
– Sí, ¿Le ocurre algo?
– Verá, entre sus pertenencias estaba la cartera de usted y decidimos llamar por si pudiera ayudarnos…
¡Ese hijo de mala madre alemana me había robado la cartera! Sin embargo no era momento de acusaciones. Regresé a la conversación:
– Mire, ayer se excedió bastante con el fino, ya sabe estos extranjeros, no saben beber ¡je, je!

Evité describir las situaciones humillantes en que Bluff se había encontrado el día anterior por las calles enrarenadas del recinto ferial. Lo último que recordaba de Bluff era que invadió una de las roulottes del camping donde se alojaba, siendo arrojado a patadas por un sueco octogenario que seguramente recorría España con su inclasificable pareja.
– Lo entendemos señor Jonhson, pero no se trata de una intoxicación etílica…
Cuando escuché el mal de Bluff supe que ese día no habría fiesta, y que comenzaba el mas absurdo y complicado de mi vida.
Ya en el vestíbulo del hospital pregunté por el doctor Castilla, que había sido el que llamó a casa. Rebosaba de gente en ese momento la sala, con varios intoxicados y un montón de niños dando vueltas por el amplio salón del centro. Me acerqué al mostrador donde había anunciado mi llegada, y le pregunté a la señora que en ese momento atendía:
– ¿Qué ocurre enfermera que esto está más animado que la feria?
– Sí, no es lo habitual, pero dentro de unos minutos vienen los del circo para animar a los niños, y claro, los angelitos lo revuelven todo.
A mi espalda la voz del teléfono interrumpió la charla…
– ¿Señor Jonhson? acompáñeme por favor
Minutos después el médico se explicaba en la puerta de la pequeña habitación donde Bluff yacía inconsciente entre tubos y sondas.
-Su amigo habrá estado expuesto a algún foco de contagio… ¿tienes animales en casa o trabaja con ellos tal vez?
-No, antes lo hacía pero hace ya un año que dejó de tratar con los macacos del laboratorio en Japón…
-¡Dios Mío, macacos del Japón! Puede tener cualquier enfermedad entonces.
El médico se alarmó; creo que recordaba las películas de pandemias provocadas por animales exóticos. De hecho parecía bastante emocionado por tener que afrontar una situación así… era bastante joven, demasiado.
– Doctor Castilla, ¿Qué edad tiene usted? Aparenta veinticinco o cosa así.
– Bueno, veintitrés, aprobé el MIR entre los treinta mil primeros y como pude elegir destino estoy haciendo mi especialización aquí, pero no se preocupe, tengo la preparación suficiente para tratar a su amigo.
– Ya, ya… pero no debería tener supervisión de algún médico ¿ más experimentado?
– La tengo, lo que ocurre es que estamos escasos de personal por motivo de las fiestas y nos comunicamos por el móvil. Cosas del siglo veintiuno.
Comenzaba a apurarse y decidí cortar las explicaciones. Si este médico le había tocado a Bluff, pues éste tendría. Intenté apaciguar sus fantásticos temores respecto al mal que aquejaba a mi colega.
-Verá, he estado conviviendo con Bluff tres días, si el tuviese… rabia, yo estaría igualmente retorciéndome entre mis propios espumarajos, ¿no?. Sin embargo aquí me tiene con mi traje de gala, hablando con usted…
Al escuchar eso el Dr. Castilla se colocó de manera poco discreta su mascarilla quirúrgica y cambió el brillo de sus ojos respecto a mi persona. Digamos que me había transformado en «sospechoso». Me sentí incomodo y comencé a hablar más agriamente.
-Escuche, lo único que hemos hecho Bluff y yo es ir al circo, a la feria y regresar a casa.
-¿Al circo? ¡¡Por qué no dijo eso antes!! ¿Qué hicieron en el circo, estuvieron en contacto con los animales o estuvieron próximos?
-En realidad sí… visitamos la jaula del ligre y al elefante loco, pero apenas nos acercamos.
-¡Eso es, es el circo, alguno de esos bichos vendrá contagiado!, que hacer… – marcó rápidamente un número en el móvil que me había enseñado instantes antes. Puso una mala cara. -Vaya, el teléfono del doctor Márquez no tiene cobertura. ¡Será mejor que lo clausuremos en seguida y pongamos a sus trabajadores en cuarentena.!
-Lo segundo es fácil porque están ahí mismo entreteniendo a los chiquillos del hospital.
-¡Dios nos aguarde, esto puede ser una bomba!

El medico salió como un relámpago de la habitación dando órdenes a los enfermeros que dormitaban en las lúgubres esquinas con sus pensamientos en las luces de la feria.
Pude asomarme a tiempo de ver como se lanzaba con los brazos abiertos para derribar a un saltimbanqui que hacía en pino mientras un corro de niños lo aplaudía gozoso.  -¡Un loco, un loco!- Exclamaron con sorpresa convencidos firmemente de que aquel hombre quería matar a Butanito, el payaso agredido. Los otros miembros del circo, acostumbrados al trabajo en equipo, reaccionaron lanzándose contra el pobre Dr. Castilla, que con la cara tapada por la mascarilla daba una sensación bastante siniestra. Además, los enfermeros arremetieron a su vez por otro flanco dando inicio a la enorme batalla que ese día tuvo lugar el vestíbulo del sanatorio. Poco a poco, entre gritos de calma no escuchados y bofetadas a diestro y siniestro las hordas de Mires y enfermeros pudieron acorralar al plantel de artistas del circo internacional en uno de los pasillos. Los niños valientes que no quisieron huir de la zona de guerra mordían las pantorrillas de miembros del personal del policlínico, seguramente vengando viejas afrentas, y los más neutrales se lanzaban montados en las camillas al estilo kamikaze sobre el grueso de los ejércitos, arrollando en su camino a los enfermos más débiles, que atrapados por las circunstancias intentaban salvarse utilizando la muleta como improvisado estoque.

Todo esto pude contemplarlo yo como lo haría el cuadro de mando de uno de los contendientes desde un montículo en la lejanía, mientras Bluff se debatía por su vida sin dejar de escupir espuma… una blanca y fuertemente aromática espuma que ya conocía de algún sitio. ¡Era la espuma de sus jabones, aquellos malditos jabones que habían ensuciado su historial arruinado su vida profesional y ahora también la puramente biológica!
– ¡Bluff, Bluff, qué has hecho Dios mío!- Lo agité por los hombros obligándole a despertar. Entreabrió los ojos mientras de su boca abierta manaba espuma, la que por cierto le confería cierto deje de Papá Noel infernal.
– Creí que no pasaría nada, Samuel, creí…. que no pasaría nada.
Su débil respiración, dificultada por la espuma, apenas le permitía articular lo que decía.
– ¿Pero has sido capaz de beber tu propio champú imbécil? ¿No viste lo que le pasó a los monos?
– Fue por…- hablaba entre jadeos – fue para aliviar la resaca del Pilicrím, creí que las vitaminas del champú rebajarían la resaca. Lo iba a llamar champú de Fierabrás.
Parecía increíble ver allí al mismo brillante alumno cuya tesis sobre los sistemas económicos en los reinos de «El señor de los Anillos» asombraron a todos. Él adivinó mis pensamientos, porque en un incalculable esfuerzo de voluntad se irguió para decirme algo importante:
-Hazme un último favor Samuel.
-Lo que quieras amigo
-Invéntame una muerte menos ridícula…
Tras esta curiosa pero razonable petición, Bluff perdió la conciencia.
Nada se podía hacer por Bluff, y de repente recordé de nuevo las palabras del médico: «Ponga a los animales en cuarentena». ¡Ligre podía estar en peligro! tras el precedente del vestíbulo, realmente me preocupaba su suerte, y corrí a enterarme de qué sucedía en el Circo, estacionado en las puertas mismas de la feria, calculando que a Bluff le restaban un mínimo de diez minutos si teníamos en cuenta el tiempo que tardaron los macacos en sucumbir a los efectos infernales de su loción mortal. Pero las novedades casi me atropellan sin tener que buscarlas, porque en una camilla pasó a centímetros el cuidador chino de ligre, descalabrado y andrajoso mientras un enjambre de batas blancas se afanaba por ayudarle.
-¡Es usted, el cuidador de ligre! ¿Me recuerda? Samuel Jonhson, el del cartel.
El chino pareció sonreír, tal vez me reconoció
– Debe salval a ligle, usted debe evital que muela pol culpa del elefante… arghh
Fueron sus últimas palabras. Es difícil ver morir a un chino en hospitales españoles, pero eso no nubló la tristeza de contemplar su inerte rictus oriental.
La enfermera de la entrada escuchaba la radio atentamente pues, según relataba un achispado locutor, varios animales habían escapado del circo en una confusión de los cuidadores que estaban siendo confinados como posibles portadores de la neumonía atípica. Tras atravesar la caseta de la Juventud, sitio en el cuál pasó desapercibido, el elefante había irrumpido en la caseta municipal lanzándose contra los platos de jamón y canapés, donde por una tremenda desgracia se encontraba casi todo el personal del ayuntamiento. Varios concejales habían resultado heridos al tratar de proteger el Jabugo, junto al ya nombrado cuidador de ligre, que para proteger a su animal del paquidermo loco («el cual no tiene trompa» según testigos) se había arrojado a sus pies. La alcaldesa, que por una especie de milagro alternaba en ese momento en el cuasi-búnker que es la caseta del banco local junto a otros imprescindibles ciudadanos de su municipio, se encontraba a salvo en lugar seguro y los rumores hacían pensar que podía ordenar la evacuación del recinto ferial en cualquier momento, aunque ya todos los animales habían sido capturados excepto el elefante y el ligre, que habían escapado en dirección al casco histórico.
Mientras los reyes de la selva mantenían un duelo por las callejuelas empedradas de la Judería cordobesa, la policía local al completo preparaba una batida con orden de disparar a matar. Mi poco conocimiento y muchísima experiencia de la administración local en España me hizo presagiar que no encontrarían al felino o al elefante destrompado en las centenarias callejas a menos que permaneciesen más de diez minutos en doble fila o parados en una zona azul sin pagar el estacionamiento, por lo que me ajusté el traje de chaqueta, atusé la barba y tomé aire decidido ya a ir yo mismo a salvar a ligre, porque en parte me sentía responsable.
Con la confusión general sembrada por el doctor Castilla nadie intentaría detenerme, y me disponía a salir cuando recordé a Bluff. Regresé a su cuarto para darle el último adiós y el cuadro me resultó sorprendente: estaba recostado plácidamente en su almohada, mientras le pellizcaba el trasero a la descuidada enfermera, que de un bofetón despejó la cara barbuda dejando ver una amplia sonrisa. Me miró y dijo con su acento alemán:
-Jonhson… reconozco que debo ajustar las proporciones, pero si el dolor de cabeza no ha desaparecido por completo… es por culpa de la enfermera.

Continuará…

– Escrito por Monty –
Diciembre de 2003