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La Vida de Ligre Capítulo 3

El Símbolo

 

Observaba la huella rellena de escayola fresca de un “pies grandes” al que aún no había censado cuando recibí la llamada de mi antiguo ayudante Malthius Bluff (tío del escritor):

 –Oye Samuel, tienes que conocer algo muy interesante aquí-.

Malthius fue una de las primeras víctimas de la cultura del curso de postgrado. Tras complementar una brillante licenciatura en Biología con un master en Macroeconomía se empeñó en probar que las teorías darvinianas sobre la cercanía entre hombres y simios llegaban al punto de poder integrar a éstos últimos en la sociedad capitalista. Logró que aprendiesen inglés y trabajaran en oficinas (algunos ascendieron a altos cargos) e incluso que fuesen a hipermercados y grandes superficies, pero fracasó al intentar transmitirles conceptos básicos de la gestión bancaria, ya que pocas veces consiguió que firmasen una hipoteca para comprar la pequeña jaula que su sueldo les permitía, y para colmo aquellos que lo consintieron murieron de forma natural antes de conseguir abonarlas por completo. Las deudas que acumuló Malthius como garante le forzaron a acabar súbitamente el proyecto y huir lejos de la zona euro, donde no le quedaba ninguno.

En el sanatorio afirman que no pude recibir esa llamada porque en los bosques de la frontera canadiense no existía cobertura para Moviestrella en esa época, y en 1968 ni siquiera Moviestrella, aunque lo importante es que una semana después mi avión tomaba tierra en Tokio, donde Malthius estudiaba el comportamiento de los macacos bañistas de Hokkaido financiado por una importante multinacional de jabones y sales de baño.

Debe de ser presupuesto que yo no lo tenía demasiado holgado, sobre todo a causa de los luctuosos sucesos ocurridos cerca de mi casa-museo de Pies Grandes a unos “turistas osados”, y desde luego que osados lo fueron, aunque por un ejemplar de Grizzlie, hechos que por otra parte desmintieron los rumores sobre su extinción en la zona que circulaban por todas las guías turísticas de la región, las cuales, dicho sea de paso, fueron puestas al día de manera inmediata, conviniéndose en asignar un porcentaje de los beneficios obtenidos de sus ventas a los huérfanos del matrimonio (lástima que fuesen de distribución gratuita). Tal era mi lacería que pude pagar el pasaje gracias a una licencia narrativa, y a Malthius no pareció molestarle demasiado mi condición de sableador transoceánico, hasta el punto de proporcionarme sin dificultad una estancia limpia y aseada durante la visita (realmente era un pequeño aseo que funcionaba como cuarto de la limpieza del instituto donde realizaba sus experimentos). Yo no dije la razón de mi viaje porque supuse que la sabría y él, con su cortesía característica, no lo preguntó, aunque para acelerar las cosas le propuse ir a la ciudad, para que me mostrase aquello que considerara más urgente o interesante…

Nunca esperaría de Bluff que me guiase a un prostíbulo de mala estampa, pero como hombre de mundo no me quejé para demostrar una curtida frialdad, e hice bien ya que en verdad me quedé frío al contemplar minutos más tarde aquello que da origen a este relato y mi entrada directa en la historia: Mezclada con el sobrio mobiliario y los ebrios clientes, semioculta tras un biombo, se distinguía escoltada por flores y guirnaldas una mirada felina de un verde brillante e inevitable.

Entre humo y botellas del licor de la casa se gestó una de las negociaciones más importantes de mi vida. Por un lado Bluffy (así le llamaba ya) insistía en vaciar sus bolsillos para conocer mejor a una señorita oriental asegurando que podía estar interesada. Por otra yo le rogaba que emplease su dinero tan limpiamente obtenido para proporcionarme esa auténtica obra de arte que pasaba desapercibida al fondo, observándome entre las mesas de jugadores honorables y tramposos.

Entre neblinas, botellas vacías y lágrimas me confesó que la investigación iba muy mal, que los patrocinadores estaban descontentos por su lento progreso y que seguramente le retirarían los fondos al día siguiente por un fallo en la composición de las sales espumosas que habían disuelto a varios macacos en uno de los manantiales sagrados. Sin embargo ganó mi deseo a los suyos, y aunque tuve que emplear la maña para convencerle de que saliese un momento del local, la aproveché para dejarle tumbado de un saketazo y asignarme un préstamo. Calculando lo que tardaría en despertar me introduje en la casa para buscar esa melena rubia y los ojos verdes que me conquistaron a mí primero, y más tarde a todo el mundo. Pocos minutos después regresé junto mi amigo portando el primer cartel conocido de ligre.

Continuará…

– Escrito por Monty –
Sptiembre de 2003