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La Vida de Ligre Capítulo 1

El Origen de la Leyenda

 

LA VIDA DE LIGRE.

Samuel Johnson, el afamado biólogo, etnólogo, explorador y técnico especialista en decoración, es colaborador habitual de esta sección y nos contará en una apasionante serie de relatos, muestra brillante de periodismo novelado, la vida de Ligre a partir de las historias y leyendas que ha conocido en una vida de increíbles viajes por el mundo.

I: El Origen de la leyenda por S. Johnson

“Cuando escuchó los golpes en la puerta, Mepongo Tanga no pensó que pasaría a la historia.  La aldea dormía en la cálida noche; debían de ser las 15:00 por lo menos (ya que el único reloj de la región se retrasaba y no había otro para ponerlo en hora). Por ello al ver una cesta bajo el dintel de la humilde puerta de su cabaña de palos y en su interior un cachorrillo de tigre…o león, durmiendo recostadito en un trapo como esos artesanales de colorines que tejen por ahí, con un pos-it en la frente donde se leía “Para  Mepongo, un ligre”, no pudo contener su sorpresa e indignación al interpretar que aquello era un insulto motivado por el rumor extendido de su condición sexual ambivalente, ya que a diferencia de otros mozos de la aldea que con dieciocho años estaban ya emparejados y con diez o doce hijos, él solamente tenía cuatro. En esa aldea en concreto, que no es bueno generalizar, cuando alguien se enfada su cólera es fatal para el provocador. En consecuencia se dispuso a matar al animalito indefenso atravesándolo con la lanza que como todo nativo cauto tenía en un primitivo paragüero junto a la entrada.

Echada estaba la suerte del joven híbrido… echada junto a él en la cesta, porque cuando la lanza se abatía sobre su débil costado un brillo metálico entre los pliegues de la manta desvió la atención del salvaje y la punta de su rudimentaria arma pinchó el fondo clavando el recipiente al suelo. Por supuesto esos nativos nunca habían visto el dinero, y no es que no supiesen lo que era como los tahitianos de Gauguín, sino que no habían tenido un ochavo entre las zarpas en más de treinta años, por lo que el pensamiento del indígena (‘ésta es mi noche’) estaba justificadísimo, a pesar de que la noche que le sedujo la hija del jefe sería mejor considerada desde el punto de vista de un Europeo.”

Una moneda dorada y bastante grande asomó junto a la criaturita, y Mepongo abrió los ojos para abarcar todo el esplendor de aquel tesoro, como intentando que no se escapasen los débiles rayos áureos que la luna le derramaba blancos y el objeto manchaba de oro. Tardó varios años en saber que la figura representada en la misma no era un dios, sino el rey de España, y dos días en darse cuenta de que era de chocolate. Pero para entonces le había cogido cariño al bicho. Esa estrategia era usada desde la antigüedad (unos treinta años) para evitar que un enfado provocase estropicios en la aldea. Por fortuna Mepongo no la conocía (porque nadie cae dos veces en ese truco) y el felino mantuvo la vida en su sitio.

Dos antropólogos de la capital del país se presentaron un día en la aldea para estudiar la más increíble peculiaridad que tenía, y es que era la única tribu de blancos en todo el sur de África. Causó maravillas a los habitantes, que nunca habían visto hombres de raza negra, y menos a un hombre con pantalones y sombrero, pero mayor sorpresa se llevaron los antropólogos al observar como uno de los salvajes (Mepongo) se paseaba entre las casuchas con un extraño cachorro de tigre o león  en su regazo, y un colgante formado por una tira de cuero atravesando a una de las antiguas monedas de cien pesetas de chocolate. No dudaron en cambiar su objetivo inicial: hacer un reportaje al que titularían ‘Ahora nos burlamos nosotros’ para la Universidad de Sabi-Hondo, por intentar conseguir esa maravilla del reino animal y venderla a un traficante y de ese modo conseguir unos ahorrillos para montar un negocio de ultramarinos y ultraterrenos, que allí todo pilla muy lejos.

No les costó demasiado conseguir al animal, porque a pesar de la aparente negativa de Mepongo, que repetía continuamente “Mepongo, Mepongo” como si estuviese en un pleno de ayuntamiento discutiendo el presupuesto, la oferta de regalar pilas para el reloj y ponerlo en hora hizo que el jefe de la aldea le obligase a dárselo por el bien de la trastornada comunidad. Las negociaciones acabaron abruptamente ya que al enterarse los sufridos aldeanos de que eran realmente las tres de la mañana y no las tres de la tarde y estaban haciendo el tonto en la plaza del poblado reunidos frente a la cabaña del líder ( en cuya punta se enganchaba el reloj), se marcharon todos a la cama inmediatamente, dejando a los científicos con el animalito. Según supe más tarde, esos dos científicos se dedicaron luego a estudiar la sociedad de Nueva Pascua, como rebautizaron a la comunidad, porque aún no se ha aclarado cómo llegó hasta allí una moneda de chocolate, un bloque de post-it y un reloj, aunque la teoría más extendida es la presencia de una tienda de ‘Todo a 1 euro’ regentada por asiáticos que se arruinó al poco tiempo por falta de compradores, y de ahí se explica el retraso del reloj y que el post-it sólo durase pegado a cualquier superficie unas dos horas. Pero lo más importante es que Ligre seguía cumpliendo cada etapa de su glorioso destino…”

Continuará…

– Escrito por Monty –
Julio de 2003